Never trust a happy song.
(Nunca confíes en una canción feliz)
Me preocupa. Hablé de canciones que hacían bien y me daban ganas de vivir. Me hacían sentir viva. El tema es que me siento feliz cuando esas canciones empiezan a cansarme porque eso significa que todo está mejorando, por lo menos solo un poco.
El tema es que Last Hope me hace llorar, de nuevo.
No por haber superado todo. Sino por todo lo contrario.
Otra vez quinto, no.
no.
Me preocupa. Hablé de canciones que hacían bien y me daban ganas de vivir. Me hacían sentir viva. El tema es que me siento feliz cuando esas canciones empiezan a cansarme porque eso significa que todo está mejorando, por lo menos solo un poco.
El tema es que Last Hope me hace llorar, de nuevo.
No por haber superado todo. Sino por todo lo contrario.
Otra vez quinto, no.
no.
Evitar. Resistir. Cada vez que me pongo los auriculares trato de darle play a canciones que vuelan en el aire pero no logran penetrar mis sentimientos de forma negativa o nostálgica. Estoy tratando. Uno trata todos los días, aunque sea un poquito. Y la cuestión es que uno nunca deja de sentir. Hay charlas filosóficas con gente que no te conoce que te abren la mente, te la cierran, te hacen bien o te sacan toda la buena energía que puede alojar tu cuerpo. En estos últimos días vine sintiendo esto, la idea de no tener ganas, de sentir demasiado, de dejar caer las lágrimas... y no quería volver a sentirme así. Pero en mi, las angustias nunca se van, solo descansan dentro mío hasta cierto momento en el cual vuelven a despertar, se activan, y logran esparcirse por mi sentir como un virus.
Y son imparables.
Tuve varias idas y vueltas en los últimos días y todas tienen que ver con demasiadas cosas que guardo dentro. Es un cofre, ya lo dije. Pero adentro hay millones de cofrecitos en donde se encuentran cosas mucho más profundas. Estoy segura que muchas de las personas que hoy aprecio lograron abrir el cofre inicial y abrir algunos de esos mini-cofres. Pero hay otros que todavía están muy cerrados. Si querés te puedo contar que hay uno que, fácil, se abre con 22 llaves. Te puedo hablar de otro que ante la mirada de algunos no tiene abertura y ante la mirada de otros floreció. La cuestión es que todos vivimos todos los días con esos cofres, cometiendo el error de cargarlos en una mochila a nuestras espaldas, arrastrándolos como si fuera un peso... cuando en realidad es lo que nos hace ser quienes somos. Ni ante un psicólogo abriría todos mis cofres y quizá esa cosa de tener partes tan ocultas hace que sienta que soy injuzgable (¡¿acaso eso es una palabra?!). Pero debo reconocer que me equivoco. Debo reconocer que no se dar el primer paso, ni se hacer las cosas como se deben (¿y acaso existe una sola forma de hacer las cosas?). Debo también... hacerle saber al resto de mis cofres. Si, no me justifican pero no sabes cuanto lo hacen.
Perdí oportunidades las cuales hoy detesto haber dejado pasar. Detesto haber actuado de la forma en la que actué y me detesto bastante por ser tan yo. El espejo, ahí tenes uno de mis cofres abiertos: ese reflejo que no hace más que construir un juego perverso entre nosotros y nuestra mente, despertando todas nuestras inseguridades y todos nuestros miedos. Cuántas veces lo he mirado con detalle, mientras no dejaba de clavarme la mirada. Cuántos habrán sido los defectos que me encontré... ¿327? Para mí fueron más. No solo defectos físicos, sino interiores... cuestiones de personalidad. La inseguridad es algo que sale de adentro nuestro, de nuestra retorcida mente. El hecho de verte a un espejo y comenzar a destrozarte expone tu inseguridad, y a la vez encontrarte inseguro es encontrarte con otro defecto más. Sí, todos nos odiamos un poquito, todos somos un poco inseguros, La cosa es que unos pueden seguir caminando con normalidad mientras otros... otros nos quedamos estancados en el reflejo.
De alguna forma siento que todo va y vuelve. Quizá son crisis que tienen que ver con momentos determinados de la vida. Uno de mis cofres, definitivamente, contiene todo 5to año dentro suyo. 5to año creo que fue el año que me marcó. En si es quinto y no 2014 porque lo que pasó se dió en el contexto de la secundaria, Nadie sabe realmente qué pasó (ni siquiera yo), pero pasó. Y dolió. Y recuerdo todos y cada uno de los involucrados. Recuerdo aquel día como si en mi mente se hubiese construido un metraje en base a ello. El pulover que tenía, el pantalón, las zapatillas... y nunca más volví a combinarlos. Y nunca más quise atraer esa mala suerte. Me acuerdo de millones de miradas, pero solo una en particular bastaba para destruirme. Esa mirada. Esa persona. Que en ese momento no era más que alguien ocupando espacio, molestando... porque hablemos que pasé del odio al amor, y así como hoy mis ganas de conocerlo son infinitas, son equivalentes al sentimiento de rechazo que yo tenía por esta persona en su momento. Yo me acuerdo de su mirada: sus ojos embadurnados de asco, de soberbia, de sentimientos que yo desconocía. Recuerdo esa cámara apuntándome. Recuerdo ese comentario que se escuchó en todo el salón, rebotando en todas las paredes, ingresando a lo más profundo de mi para terminar rebotando en mis muros, esos que en su momento eran demasiado chicos, demasiado débiles.
Tan débiles que no hacía falta más que un empujón, un solo empujón...
... para decir adiós.
Y ahí tenes otro cofre.
¿Otro más? Sí. Y este es el último que pienso exponer en este lienzo para mí. Mis ojos. Me miro tanto y tanto con ellos todos los días que cuando veo el reflejo veo demasiado. Veo todo, absolutamente todo. Absolutamente todo. Veo cada estela de colores que atravesó mi cuerpo, mi mente. Veo cada reflejo de lo que fue mi vida. Veo de todos colores, rojo, azul, amarillo, gris... todos. El asunto es que ellos son el último cofre al que alguien podría llegar. El último de todos. Mi mirada. Mis ojos posados sobre mi cuerpo, mi alma, mis dolores, mis cicatrices y mis recuerdos. Mis ojos posados sobre todas las sensaciones y los colores. Los vidrios rotos y el alma destruida. Y cuando me miro al espejo no solo veo mi rostro, veo todo quinto año en flashbacks. Y no solo las cosas malas, las cosas buenas también. Existe un 60% y un 40%. El primero se trata de cosas tristes y el segundo de cosas felices. Y supongo que mis ojos son los únicos que me conocen tanto: mis piernas, mis brazos, mi cuerpo desnudo y mi alma desnuda, así como mis pensamientos, mis historias vividas y el por qué de cada una de mis cicatrices. Mis ojos siempre van a ser el último cofre, y cada vez que reciba un halago, una caricia o un abrazo cualquiera podrá estar en contacto con ellos de manera indirecta, porque podrán tenerme entre sus manos o mirarme a los ojos para toda la vida, pero nunca van a saber que es todo eso que se genera dentro de mi.



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