Receptora puente, gracias.
¿Cómo redactas? ¿Cómo empezás a escribir? Nunca fuimos de hablar cosas profundas pero realmente no sé cómo empezar. A veces pienso que sos la única receptora de todo este delirio, de todo este dolor. Quizás, detras de este texto guardo la misma esperanza. Ojalá te toque cruzarte con esto.
Ésta es la última carta. Lo siento en el pecho. En una especie de pluviómetro de lágrimas que no para de llenarse. Se siente por todos lados, se me sale por todos los poros. Una vida en la que puedo ser feliz. Un dolor que hoy decidió salir arroyando todo a su paso, tratando de vestir la existencia... sin romperla, sin tacharla, ni olvidarla.
No sé mirarme al espejo: me da miedo. Existir en lugares en donde puedo existir. Ser buena para otros. Servirle a alguien, a algo. Ser inteligente. Ser querida. No sé crecer a pesar de mis hermanos. No sé como vivir y tener que dejar a mis hermanos atrás. Sangre de mi sangre que quedó demasiado lejos. Que creció conmigo. Fuimos felices. Tomábamos chocolatada y vino hasta las 10 de la mañana. Y crecimos. No sé cómo es ser adulta en este mundo en donde la sangre de mi sangre no está más al lado mio. No sé cómo dejarlos ir, pero mucho menos sé cómo salir del cascarón sin que estén ellos esperando con la cámara encendida para filmar mis primeros pasos. Me hubiese gustado que estén, no haberme enojado tanto, no pagar un precio tan alto. A veces creo que también crecí en el momento en el que decidí seguir invirtiendo a pesar de tener la cuenta en rojo. Qué metáfora espantosa la de trasladar lo insulso de la guita a los vínculos amorosos. Logré encontrar espacios donde ser, salir del cascarón sin que quede registro. Mientras escribo, también logro pensar que si existe: lo guardo en mi memoria. También pienso: lo vieron mis amigas. De todas maneras, me hubiese gustado que estén.
No sé como ser y crecer sin mis hermanos. Los imperfectos. Los monstruos que me creé en la cabeza. Los esperpentos que llevé a terapia. Toda la mierda que salió de adentro y al final estaba sólo en mi cabeza. Todos los boletos de viaje que pagué para hacerme 200 análisis y ecografías, y terminar descubriendo que en mi intestino no pasaba nada, que somaticé toda esta experiencia, que la unica mierda que no salía estaba toda desparramada en mi dolor, en mis angustias, en la cantidad infinita de lágrimas e insultos. No eras celíaca, sólo estabas muy triste. No sé cómo ser, crecer, existir, caminar y reír en un mundo en el que mis hermanos se fueron. Todavía existimos, pisamos las mismas calles, transitamos las mismas plazas. Algún día podemos, incluso, volver a vernos. Me hubiese gustado que me vieran crecer, que no se hayan ido de mi vida, que yo no me haya ido de la suya. Pero, por suerte, me queda un consuelo: siempre vamos a tener la misma sangre.
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