Crecimos
Lloré muchos meses en terapia. No sé qué rutas tomé para llegar hasta acá, pero a veces la vida se siente como una calle con subida cuando vas en bicicleta. Estoy segura de que algunos senderos no fueron calles, fueron montañas. No sé si logré sanar, o si hay una señal de llegada y todavía no la pasé, o si efectivamente la pasé y no me di cuenta. A veces vuelvo a enojarme, y los recuerdos se disparan hacia todas las direcciones, como si fuesen los fuegos artificiales que ves en el cielo cuando es año nuevo, sólo que nadie festeja nada. Quizás se trata de una cabeza que nunca se animó a concebir que se podía construir en una tierra muy lejana al hogar que siempre habitó. No sé que hubiese sido de mi si en nuestros años de oro me hubiesen dicho que todo ese amor era pasajero. No hay ni existe ni existirá día de mi vida en que no los extrañe. Nadie murió, cambiamos. En el pecho se siente como una muerte. Me senté meses y meses en terapia a hablar de un duelo. El 90% de mis lágrimas tienen todos sus nombres. Nunca fui tan feliz. Después vino la pandemia y vinieron los traumas, los pelos cortos y las reconciliaciones inesperadas. Un noviazgo prematuro. Una mudanza. Una etapa nueva. Una pelea. También vino un brownie por el día del amigo. Algunas llamas, algunas risas. Mucha, infinita tristeza. Mucho dolor. Hemos tenido mucha paciencia en la espera de que alguno tome la palabra, pero también nos hemos pedido muchas explicaciones por actos hechos desde la inocencia. Esos años ya no eran dorados, eran pálidos. Nunca les conté toda mi historia; el trauma vino a la par de la reconciliación, entonces ya no eras el mismo para mi. Esa charla que imaginé por meses en donde podía desahogarme y recibir los abrazos que necesitaba nunca existió. Tampoco creo que exista: ya no me siento igual, ni tampoco soy la misma. Hoy miro todo con otros ojos, cargados de un nudo en la garganta, pero de un llanto que ya no proviene del odio acérrimo. Viene de otro lugar diferente. La posibilidad de entender que la distancia no significa, necesariamente, que me odien o que haya pasado algo específico. La posibilidad de entender que apilé los ladrillos y me di cuenta 3 años más tarde que ese terreno no quedaba en el mismo barrio que ustedes. Creo que nadie hizo nada malo, ni me quizo hacer daño. Creo que sólo crecimos. Creo que no hay ninguna maldad en ello. No hay día de mi vida en que no me acuerde de ustedes: sus caras, sus risas, lo que me dirían si hablamos de tal tema, las preguntas que me harían, las preguntas que yo les haría a ustedes, el orgullo de vernos ser, existir, estar vivos. Distintos terrenos, distinta ciudad. Mismo pulso, esencia, raíz. El mismo material. Aunque ahora sólo se trate de recuerdos.

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